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Cultura de pedir permiso vs cultura de participación

pedir permiso

 

Tres meses sin escribir en el blog son unas vacaciones exageradamente largas, o más bien la excusa perfecta para apagar muchos fuegos que han surgido en este tiempo en mi vida profesional. Sea como fuere y aunque mi vida profesional (o más bien mi actitud hacia ella), se empeñe en mantenerme alejado de mi espacio personal de reflexión y aprendizaje, creo que es justo -y para mí necesario- volver a la rutina de compartir contigo ciertos pensamientos y seguir provocando sensaciones en torno a ellos.

Veremos lo que da de sí esta nueva temporada, aunque vistos los antecedentes, me conformo con mantener todo lo que me aporta a nivel personal y espero provocar a la altura de tus expectativas.

Créditos: Foto de Joshua Earle

 

 

Hace unos días leyendo un artículo de salud, me encontré con un término interesante que sin duda podríamos adaptar a todo lo que hacemos, y es el de la ‘Cultura de pedir permiso’ que subyace en muchas de nuestras decisiones. Parece como si cuando queremos hacer algo disruptivo, o simplemente algo que nos saca de nuestra zona de confort, necesitáramos pedir permiso a otra persona teóricamente más capacitada que nosotros, o incluso en el peor de los casos, a nosotros mismos.

Bastante cuesta ya dar ese pequeño primer paso que necesita cada camino para ser iniciado y que rompe con todos nuestros miedos e incertidumbres ante aquello que se iniciará con el cambio, como para además tener que pedir permiso por hacerlo.

 

Lo que me preocupa es que esa petición de permiso sea la excusa perfecta para desactivar el detonador de nuestra acción. “Hasta que no tenga permiso, no hago nada”. O puede que sea la forma de proyectar en otras personas nuestra inacción “si ese ‘gurú’ no ha sido capaz de conseguirlo, yo tampoco podré; no merece la pena intentarlo”. Sea como fuere el resultado es el mismo: inacción o parálisis en la antesala de pedir permiso.

 

Pedir permiso vive eternamente en la antesala de la incertidumbre ante la acción.

 

En el otro lado del tablero se encuentra la Cultura de la participación, que se caracteriza porque allí es donde cualquier persona puede aportar su valor individual sin importar su experiencia o conocimientos. En ella tienes la capacidad no solo de decidir en qué cosas quieres participar, sino también aquello en lo que serás su impulsor, tus propios cambios. Aquí no pides permiso, porque no hace falta pedir permiso.

 

Pedir permiso es una barrera opcional en la que instalarte. Participar es impulsar y provocar que las cosas sucedan.

 

¿Por qué nos empeñaremos tanto en boicotear nuestras acciones?

 

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